Estaban los dos en la orilla del mar,
en la arena clara, húmeda, buena para hacer castillos.
Y eso estaban haciendo: un castillo de arena.
Más alto, papi, más alto. Ponle también
una torre cuadrada en el centro, y un puente levadizo hazle.
Lo que tú quieras... si me ayudas.
El niño está de rodillas en la arena, volviéndose poco
a poco más pequeño que su castillo.
Pero yo no sé...
Sí que sabes. A ver, ¿qué es esto?
El niño achica los ojos.
-Un soldadito haciendo guardia en la muralla.
¿Y esto?
Una ventana.
¿Y qué se ve dentro de la ventana?
La princesa del castillo.
El padre sonríe, sacudiéndose la arena de las manos.
¿Ves como sí puedes ayudar?
El castillo es tan lindo que da pena dejarlo. Pero se hace tarde y la comida
se enfría. El niño le pide al sol:
Cuídame el castillo.
Y a las olas:
Vigílenlo.
Y a las gaviotas:
Si alguien viene, me avisan.
El sol se fue a iluminar el otro lado del mundo, las gaviotas se perdieron
en la oscuridad y las olas subieron y bajaron.
Por la mañana, el castillo no estaba.
¡Alguien lo ha robado!? lloró el niño.
Nadie roba castillos de arena, hijo.
¡Entonces lo pisotearon!
No hay huellas de pies en la arena.
Padre e hijo se miraron. Lentamente en los ojos de uno se encendió una
chispita que pasó a los ojos del otro.
¿Tú crees que fueron Los Enemigos?
Sí: los enemigos del castillo, que vinieron durante la noche con sus
caballos, sus arqueros y sus catapultas. Seguramente fue el Rey Sargazo, siempre
belicoso.
¡Ay, chico, tan lindo que era el castillito! suspiró el niño,
y enseguida pidió Hazme otro, ¡pero que sea más grande, más
fuerte y más alto! Ponle doble muralla y un foso todo alrededor. Yo buscaré soldados
para que hagan guardia de día y de noche.
Trabajaron todo el día juntos en el castillo de arena. Con ramitas,
pedazos de plantas marinas y conchas lo reforzaron y habitaron. En lo alto
de la torre había otra vez una ventana y en la ventana había
una princesa.
¡La princesa Caracola!
La princesa Caracola
bate con peine de nácar
sus cabellos de ola loca.
Toma su espejo de plata
y en él se ve más hermosa
que la sirena de Dacka.
Papi, ¿dónde
queda Dacka?
¿La de la geografía o la del cuento?
La... del cuento.
Donde que tú quieras.
El castillo es tan grande y fuerte que no da miedo dejarlo. Así y todo,
el niño le encarga a sus viejas amigas las nubes que lo cuiden,
y a un cangrejo moro le ruega que ayude cuando los enemigos ataquen, y
al cocotero
de pencas susurrantes, le pide que avise si hay peligro.
Por la mañana, junto al mar frío, quieto y transparente, la arena
parece acabada de traer del taller de Máximo Universo. No hay ni
huella del castillo.
¡Otra vez, papi! ¿Tú ves?
Se fue nuestro castillo.
¿Se fue...?
Navegando por esos mares, o volando por esos aires o rodando por esas tierras.
¡Un castillo de
arena no flota, no vuela, no rueda!
Grano a grano, sí.
Entonces no es un castillo.
Cuando algo se hace bien, cada grano del algo es como el algo entero.
¡Sí, sí, pero no...!
No llores. Haremos otro.
El tercero fue el mejor. No solo tenía muralla, fosos y torres para
defenderlo, también tenía jardines que el niño llenó de
maticas costeras y un patio donde, con la cáscara de un coco y un
pedazo de coral, armaron un carruaje para la princesa.
La princesa Caracola
dejó su plata y su nácar
para montar, tan dichosa,
un coche sin fausto ni laca.
¿Quién es Fausto? ¿Qué cosa
es laca?
Fausto era solo una palabra de lujo y laca una cosa que
brilla, pero si quieres, Fausto será el caballo y laca, abreviación
de lacayo.
Mientras la princesa canta terminan el castillo de arena.
Ha resultado tan fascinante que el niño no quiere irse cuando el día acaba. Y
no le pide a nadie que lo vigile porque esta vez va a velar él mismo.
Pero el sueño, su compañero de todas las noches, lo visita y
cuando despierta la arena está lisa y limpia, húmeda y blanda,
como la arcilla que espera al alfarero.
¿Por qué? solloza el niño?. ¿Por qué...?
Porque tiene que ser; porque es el destino de los castillos de arena? responde
el padre.
¡Mentira! "Porque sí" no es una respuesta; tú me
lo has dicho millones de veces... Yo quería mi castillo.
El padre sonríe un poco.
¿Cuál?
¿...?
¿Cuál de ellos quieres: el primero, el segundo o el tercero?
...
Si no hubiera desaparecido el primero, no hubiéramos hecho el segundo,
ni el último habría podido mejorar al del medio. ¿Te imaginas
lo que sucedería si se conservaran todos los castillos de arena que
la gente ha hecho? Aquí estarían los que tu abuelo construyó para
mí y los que yo hice cuando tú aún no existías. ¿Crees
que sobraría espacio para nuevos castillos? En lugar de playa habría
una ciudad en miniatura y tú nunca habrías aprendido a construir
castillos de arena.
El niño permaneció unos segundos en silencio, y entonces preguntó:
¿Y la princesa Caracola?
Ella puede vivir en un lugar mucho más modesto que un castillo. Le basta
con una cabaña de nácar... como ésta.
El padre le alcanza al hijo un gran caracol blanco, amarillo y rosado como
el amanecer, y lo invita a acercárselo al oído.
¿Oyes?
¡La princesa Caracola! ¡Está cantando!... Pero ahora no entiendo
su canción.
Porque usa el lenguaje oleaje, que es el idioma del mar. Así es hasta
que alguien hace un castillo de arena y ella puede asomarse a la ventana para
cantar en el idioma del hombre o el niño que construye.
Papi...
¿Qué?
Vamos a hacer otro castillo.
Joel Franz Rosell
Tomado de Los cuentos del mago y el mago del cuento.
Ediciones de la Torre, 1995