Primero de Diciembre de cada
año que recuerdo, y siempre igual,
mi casa se vestía, aún se viste de Navidad con sus guirnaldas
verdes y moños rojos, la corona de pino con bombas de colores
en la puerta, y todos los rincones de mi casa llenos de detalles que
recuerdan
que en la vida, siempre hay momentos bellos de vivir.
La
mesa con su mantelito navideño, y en la
chimenea, el viejo pesebre con sus ovejitas mordisqueadas
por nosotros y el pobre San José decapitado,
y pegado mil y una vez por las manos constantes
de mi madre.
En la sala; el árbol verde viche, siempre del mismo verdor porque
es de plástico, y porque le guardan celosamente en su caja cada
año, para que la luz no acabe con su artificial imponencia de
pino del Neusa. ¡Está tan florido! con sus bombas de vidrio
y sus guirnaldas, que parece un caramelo y entran ganas de comérselo.
A sus pies, la osita blanca con delantal verde y rojo; el perrito de
peluche con sombrero de papá Noél y el canastico de las
famosas cartas del Niño Dios ¡¡¡Benditas esperanzas!!!
Mi
Madre decía siempre:
- vayan haciendo su cartica al niño Dios, porque ya casi es siete
de Diciembre, el día de las velitas, y tendremos que quemar las
carticas para que en el humo suban al cielo las listas de cosas que le
han pedido este año.
Nosotros
cuatro nos hacíamos con papel y lápiz
para iniciar la interminable y afamada lista de
regalos. Claro estab, que el niño Dios,
mejor apodado como nuestro padre, no podía
hacerse cargo de semejante listado de juguetes
y otros pedidos adicionales.
Era el momento de intervenir mi madre, recordándonos todas y cada
una de las pilatunas, daños y estropicios que habíamos
cometido, y que el niño Dios, sabía mejor que nadie. Con
lo cual, esa carta inicial, se reducía considerablemente en un
segundo, tercer y hasta cuarto papel.
Una vez elaborada la cartica definitiva, la dejábamos en el canastico
hasta el día de las velitas.
Sin embargo, nuestros viejos ya habían realizado el espionaje
de las susodichas cartas, y habían tomado buena nota de las peticiones,
recordándonos muy sutilmente, que como había tantísimos
niños en el mundo, quién sabe si al Niño Dios, y
a Papá Noél que siempre lo ayudaba en las entregas, les
alcanzarían los regalos, y tendrían que traer a cambio,
otros muy parecidos, que en realidad, eran unos sucedáneos más
baratos, y total, eran los mejore, para el trágico fin que solían
tener en nuestras manos.
Especialmente, en las mías y las de mi hermano Carri. Porque,¡Qué chinitos
tan dañinos!
Más se tardaba el pobre Niño Dios en hacer mil maromas
surcando el cielo del mundo, para venir a nuestra casa el día
de noche buena y dejarnos nuestros regalos; que los pobres juguetes estar
hechos una miseria en cuestión de días, incluso a veces,
de horas.
Pero
eso sí, el día de las velitas, éramos
los más pulcros, considerados y perfectos
niños que el mundo haya visto. Muy limpiecitos,
obediente, y ataviados con faroles y velitas, que
nos traía mi papi; ayudábamos por
la noche a organizar las ventanas para que se vieran
las hermosas luces de las velas y los faroles,
iluminando nuestra casa.
Después vendría la ceremonia solemne de la quema de las
carticas, en donde nos preocupábamos por que no quedara ni un
pedacito de papel sin quemar, ya que no subiría al cielo completa
nuestra lista.
Contemplábamos con nuestros padres las ventanas de las demás
casas y la nuestra, por supuesto, que consideramos siempre la más
bonita, y a eso de las nueve de la noche, a la camita, porque mi mami,
ya nos había dado de comer, uno por uno, sentándonos sobre
una esquina de la mesa, y haciéndonos tomar toda la nutritiva
avena, que a Carri y a mi nos caía tan gorda, pero que a Michín
y Vitico, les encantaba, ¡¡¡los muy traidores de la
causa en contra de la afamada Avena Quaquer!!!, para que luciéramos,
colorados y cachetones como el gordito fofo que la caracteriza en su
publicidad.
Terminaba
un día inolvidable para nosotros cuatro,
y continuaban los días de la novena de aguinaldos,
que todavía rezamos, aunque las cosas y
la vida hayan cambiado y muy a pesar de los nuevos
allegados a nuestra familia. Así, que todos
esos días hasta el 24 de Diciembre, eran
días de novena, mazatico, buñuelos,
ariquipe, melcochas, idas y venidas. Mi madre nos
cosía ropita muy bella para vestirnos los
días de Navidad y año nuevo, y la
verdad, esos días se pasaban volando.
¡Bendita
carta del niño Dios! cuantas ilusiones y
esperanzas que nuestros padres hicieron realidad,
pero sobre todo, por la ternura y alegría
con que siempre nos han tratado. Ya no le escribimos
al niño Dios, pero en nuestro pensamiento
siempre enviamos una listica de cosas al cielo
para cada Navidad.
Hoy
recuerdo, y añoro esos días de mi
feliz infancia, junto a los seres más entrañables
que hay sobre la tierra.
Zandra
Montañez Carreño
C.C. Nº 51.715.995 de Bogotá.
Ilustrado
por la autora del cuento.
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