"EL PODER DE
LA FANTASÍA Y LA LITERATURA INFANTIL "
Víctor
Montoya
La
palabra fantasía viene del griego "phantasia",
que significa: facultad mental para imaginarse
cosas inexistentes y proceso mediante el cual se
reproducen con imágenes los objetos del
entorno. La fantasía, que debe ser defendida
a toda costa, constituye el grado superior de la
imaginación capaz de dar forma sensible
a las ideas y de alterar la realidad, de hacer
que los animales hablen, las alfombras vuelven
y las cosas aparezcan y desaparezcan como por arte
de magia.
La
fantasía recoge su material de la realidad
interna y externa, con el cual se concibe una realidad
distinta, revirtiéndola o reformándola.
Con el golpe de la imaginación se pueden
asociar las imágenes de la realidad y agruparla
en una totalidad con significado diferente, como
el hecho de juntar el cuerpo de un hombre y un
caballo para dar nacimiento a un centauro o dotar
propiedades humanas a los animales y los objetos
inanimados. Con la fantasía se puede deformar
la personalidad a partir de un pequeño defecto,
quitarle la propiedad de maldad a lo diabólico
o hacer de la virtud de lo bueno mucho más
bueno.
La
fantasía cumple una función imprescindible
en nuestras vidas, no sólo porque sirve
como válvula de escape a la realidad existencial,
sino también porque es la fuerza impulsora
que permite rectificar la realidad insatisfactoria
y realizar los deseos inconclusos por medio de
los ensueños. "Si la persona es pasiva,
si no lucha por un futuro mejor y su vida actual
es difícil y falta de alegrías, con
frecuencia se crea una vida ilusoria, inventada
en la que se satisfacen completamente sus necesidades,
donde él todo lo puede, donde ocupa una
posición imposible de alcanzar en el momento
actual y en la vida real. La imaginación
pasiva puede surgir no intencionalmente. Esto sucede
principalmente cuando se debilita la actividad
de la conciencia, del segundo sistema de señales,
en un estado de ocio temporal, en estado de somnolencia,
en estado de afecto, durante el sueño (los
sueños), en estado de afecciones patológicas
de la conciencia (alucinaciones), etc." (Petrovski,
A., 1980, p. 323).
La
fantasía, al igual que el pensamiento, es
uno de los procesos cognoscitivos superiores que
nos diferencia de la actividad instintiva de los
animales irracionales. No es casual que en el plano
laboral sea imposible empezar un trabajo sin antes
imaginar su resultado. La fantasía es tan
importante para construir una mesa como para escribir
un cuento, pues ambos requieren ser planificados
por anticipado, para obtener el mismo resultado
que se concibió por medio de la imaginación;
un aspecto que es indispensable en el trabajo artístico,
científico, literario, musical y, por qué no
decirlo, en todas las actividades en las que interviene
la capacidad creativa.
La
fantasía, como cualquier otro aspecto del
conocimiento humano, ha sido un tema que ocupó el
tiempo y la mente de los hombres desde la más
remota antigüedad. Los filósofos como
Schiller, Schelling, Schopenhauer y Hegel, ponderaron
el rol activo de la fantasía en los procesos
racionales y cognitivos, mientras los escritores
románticos, como Wordmorth y Coleridge,
sostuvieron la teoría de que sólo
a través de la fantasía se podía
alcanzar la ciencia y la verdad.
Sin
fantasía no es posible ningún conocimiento
humano. La imaginación, concebida como una
facultad capaz de reproducir mentalmente las causas
y soluciones de los problemas reales, es la mejor
ayuda para un psicólogo, tanto cuando tiene
que hacerse una idea de la situación del
paciente como cuando tiene que encontrar la orientación
terapéutica correcta. La psicología
moderna ha constatado que el poder de la fantasía
sobre la psique es más determinante que
el principio del deseo, pues se dice que en el
conflicto entre deseo y fantasía es siempre
la fantasía la que se sobrepone al principio
del deseo.
La
fantasía, aparte de constituir uno de los
elementos vitales que permitió al hombre
sobrevivir en medio de la naturaleza salvaje, es
un don que deben cultivar los individuos, puesto
que sin ella sería más difícil
reformar o transformar la realidad insatisfactoria
y alcanzar un desarrollo humanístico y tecnológico
en provecho de la colectividad. No cabe duda, la
fantasía forma parte de nuestro cerebro,
desde el instante en que la usamos como mecanismo
de supervivencia, para descubrir nuestra situación
existencial, contemplar el mundo desde otras perspectivas,
estimular nuestras posibilidades creativas y satisfacer
los deseos no cumplidos. En concreto, como señaló J.J.R.Tolkien: "La
fantasía es, como muchas otras cosas, un
derecho legítimo de todo ser humano",
pues a través de ella se halla una completa
libertad y satisfacción.
Consideraciones
sobre la fantasía infantil
Bruno
Bettelheim, en su investigación psicoanalítica
de los cuentos de hadas, encontró en la
trama un alto valor estético y terapéutico,
capaz de desencadenar las ataduras neuróticas
y ayudar a los niños a solucionar sus angustias
y conflictos emocionales. Sin embargo, ya mucho
antes que Bettelheim diera a conocer su "Psicoanálisis
de los cuentos de hadas", Sigmund Freud definió la
fantasía como un fenómeno inherente
al pensamiento, como una actividad psíquica
que está en la base del juego de los niños
y en el arte de los adultos, puesto que los instintos
insatisfechos son las fuerzas impulsoras de la
fantasía y cada fantasía es una satisfacción
de deseos, una rectificación de la realidad
insatisfactoria. Tanto el juego como el arte ayudan
al individuo a soportar una realidad apuntalada
de conflictos emocionales y contradicciones sociales. "¿No
habremos de buscar ya en el niño las primeras
huellas de la actividad poética? -indagaba
Freud-. La ocupación favorita y más
intensa del niño es el juego. Acaso sea
lícito afirmar que todo niño que
juega se conduce como un poeta, creándose
un mundo propio o, más exactamente, situando
las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato
para él. Sería injusto en este caso
pensar que no toma en serio ese mundo; por el contrario,
toma muy en serio su juego y dedica en él
grandes afectos. La antítesis del juego
no es la gravedad, sino la realidad. El niño
distingue muy bien la realidad del mundo y su juego,
a pesar de la carga de afecto con que lo satura,
y gusta de apoyar los objetos y circunstancias
que imagina en objetos tangibles y visibles del
mundo real. Este apoyo es lo que aún diferencia
el 'jugar' infantil del 'fantasear' (...) El poeta
hace lo mismo que el niño que juega: crea
un mundo fantástico y lo toma muy en serio;
esto es, se siente íntimamente ligado a él,
aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente
de la realidad (...) Cuando el niño se ha
hecho adulto y ha dejado de jugar; cuando se ha
esforzado psíquicamente, a través
de decenios enteros, en aprehender, con toda la
gravedad exigida, las realidades de la vida, puede
llegar un día a una disposición anímica
que suprima de nuevo la antítesis entre
el juego y la realidad. El adulto puede evocar
con cuánta gravedad se entregaba a sus juegos
infantiles y, comparando ahora sus ocupaciones
pretendidamente serias con aquellos juegos pueriles,
rechazar el agobio demasiado intenso de la vida
y conquistar el intenso placer del humor (...)
El hombre que deja de ser niño, en lugar
de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire;
crea aquello que denominamos ensueños o
sueños diurnos" (Freud, S., 1984, p.
10-11).
De
modo que la actividad de la fantasía es
la creación artística, los sueños
diurnos y el ingenioso juego de los niños,
especialmente el "juego de roles", a
través del cual los niños representan
el rol profesional y familiar de los adultos. Así,
en su deseo de ser adulto, el niño juega
a ser mayor, imitando en el juego lo que de la
vida de los mayores ha llegado a conocer. Pero
no tiene motivo alguno para ocultar tal deseo,
como ocurre con el adulto, quien, sujeto a las
normas lógicas y racionales de su entorno,
se avergüenza de sus fantasías porque
las considera propias de un infantilismo pueril
e ilícito. El niño, en cambio, juega
y fantasea hasta el cansancio, representa una serie
de personajes en su proceso de socialización,
independientemente de cual sea la reacción
de su entorno. El niño imita el ladrido
del perro y representa a los personajes del cine
y la televisión. En su mundo fantástico
todo es posible: la hormiga habla con voz humana,
el árbol corre por las praderas y las piedras
levantan vuelo como los pájaros. El niño,
a diferencia del adulto, no tiene por qué avergonzarse
ni ocultar sus fantasías a los demás. Él
es el artífice de un mundo hecho de magia
y de fantasía, donde sólo tienen
acceso quienes están dispuestos a seguir
sus reglas.
El
juego es una de las actividades principales del
niño en el periodo preescolar, porque le
permite desarrollar sus facultades sociales e imaginativas,
en virtud de que "la situación imaginada
es elemento indispensable del juego y es una transformación
libre, no limitada por las reglas de la lógica
y por las exigencias de que debe parecer real,
de la reserva de representaciones acumulada por
el niño. La imagen de la fantasía
se manifiesta aquí como programa de la actividad
creativa. El niño que imagina ser cosmonauta
estructura correspondientemente su conducta y la
conducta de sus compañeros de juego: se
despide de sus 'parientes y amigos', da parte al
'constructor general', representa el cohete durante
la partida y, a sí mismo dentro del cohete,
etc. Los juegos con personajes que ofrecen rico
alimento a la imaginación infantil permiten
al niño profundizar y consolidar cualidades
valiosas de la personalidad (valentía, decisión,
organización, ingenio, etc.), confrontando
su conducta y la conducta ajena en la situación
imaginada y con la conducta del personaje imaginado,
el niño aprende a realizar las necesarias
evaluaciones y comparaciones" (Petrovski,
A. 1976, p. 329-330).
La
fantasía, que emerge de lo concreto y no
de lo abstracto, hace que el niño invente
y modifique su entorno, así como Leonardo
da Vinci diseño una nave espacial luego
de observar a los pájaros, o como Julio
Verne escribió aventuras de submarinos después
de observar a los peces. Del mismo modo, los niños,
por medio de su imaginación inagotable,
transforman la realidad en la que viven, sobre
todo, si se piensa que toda actividad fantástica
en ellos es reproducción, herencia o imitación
de su experiencia anterior; de acciones y situaciones
observadas, sentidas u oídas en la naturaleza
y en el mundo adulto. La prueba está en
que un niño puede tenderse sobre el césped
e imaginarse que las nubes son monstruos surcando
el espacio o, estando sentado en una caja cualquiera,
imaginarse que es un pirata a bordo de una nave
que se mece en alta mar, asediado por ballenas
y tiburones.
La
fantasía no es un privilegio reservado sólo
para escritores y pintores, sino una facultad humana
que ocupa un primer lugar en la vida mental de
los niños, quienes son una especie de primitivos
que recurren a la imaginación para compensar
su falta de capacidad cognoscitiva. Según
Henri Wallon: "lo único que sabe el
niño es vivir su infancia. Conocerla corresponde
al adulto" (Wallon, H., 1980, p. 13).
Una
de las constantes del poder de la fantasía
es que los niños, mejor que nadie, gozan
con las aventuras de la imaginación, con
esos hechos y personajes que los transportan hasta
la sutil frontera que separa a la realidad de la
fantasía, pues todo lo que es lógico
para el adulto, puede ser fantástico para
el niño, y lo que al adulto le sirve para
descansar, al niño le sirve para gozar.
El niño, a diferencia del adulto, ve en
el realismo un mundo lleno de magia y ficción,
como dijera la psicóloga italiana Paula
Lombroso: "Todas nuestras distinciones doctas
y sutiles entre el reino animal, vegetal y mineral,
entre cosas animadas e inanimadas, no existen para
los niños" (Lombroso, P., 1923, p.
142).
La
fantasía como estímulo de la creatividad
La
fantasía es una condición fundamental
del desarrollo normal de la personalidad del niño,
le es orgánicamente inherente y necesaria
para que se expresen libremente sus posibilidades
creadoras. La fantasía no daña a
nadie; por el contrario, estimula al hombre común
y al hombre de ciencia. El físico alemán-americano
Albert Einstein, entrevistado por George Silvestre
Viereck en 1929, dijo: "Soy lo suficientemente
artista como para dibujar libremente sobre mi imaginación.
La imaginación es más importante
que el conocimiento. El conocimiento es limitado.
La imaginación circunda el mundo (...) Cuando
me examino a mí mismo y mis formas de pensar
llego a la conclusión de que el regalo de
la fantasía ha significado más para
mí que mi talento para absorber el conocimiento
positivo". Sin duda, ninguna persona activa
y de pensamiento normal podría vivir sin
fantasía. Varios matemáticos, atribuyéndole
gran importancia al papel de la imaginación
en la vida de los seres humanos y la creación
científica, manifestaron que ni los cálculos
diferenciales ni integrales se pudieron haber descubierto
sin la ayuda de la fantasía.
La
historia de los descubrimientos científicos
contiene gran cantidad de ejemplos en que la imaginación
intervino como uno de los elementos más
importantes de la actividad científica,
en virtud de que la fantasía tiene una propiedad
cuyo valor y cualidad es inestimable. Opinión
que comparte el escritor Kornej Chukovski, quien,
en su libro "De los dos a los cinco",
cuenta el caso de una madre, enemiga de los cuentos
y de la fantasía, cuyo hijo, como si hubiera
sido por venganza, porque se le habían quitado
los cuentos, empezó, de la mañana
a la noche, a entregarse a la más exuberante
fantasía; por ejemplo: "Inventa que
a su habitación fue a visitarlo un elefante
rojo, que tiene una osa amiga y, por favor, no
se siente en la silla del lado, porque ¿acaso
no ve? Está la osa en esta silla. "Mamá, ¿dónde
vas? ¡Vas donde los lobos! ¡No ves
que aquí están los lobos!" (Chukovski,
K, 1968, p. 277).
Entre
los estudiosos de la literatura, algunos tendieron
cercos a la fantasía, como si fuese un elemento
de dimensiones determinadas, al que se le puede
empaquetar para hacer regalos de cumpleaños
o Navidad; mientras otros, simple y llanamente,
negaron su existencia, como quien niega la existencia
de los sentimientos y los sueños, sólo
porque éstos carecen de cuerpo. Empero,
la mejor respuesta a esta tendencia nihilista fue
la de guiar a los niños hacia el mundo de
la fantasía, que es su propio mundo, con
la ayuda de libros que estimulan el desarrollo
de su imaginación, su destreza lingüística
y sensibilidad estética. El psicólogo
considera que "la imaginación favorece
al desarrollo de la actividad mental del niño,
como si fuese una gimnasia voluntaria, y la compara
con la actividad física intensa de los primeros
años de vida, que favorece el desarrollo
muscular del cuerpo. Y también reconoce
en la imaginación instrumentos de conocimiento
de sí mismo y del mundo que le rodea" (Elizagaray,
M-O., 1976, p.16).
El
psicólogo suizo Jean Piaget estaba convencido
de que el niño estructura su capacidad y
sus conocimientos a partir de su entorno y de sí mismo,
por medio de estructurar sus experiencias e impresiones,
y organizar sus instrumentos de expresión.
Así, cuando el niño escucha un cuento
fantástico o de hadas, que trata sobre algo
nuevo, puede aprender y asimilar con la ayuda de
sus conceptos y experiencias anteriores, y para
alcanzar una comprensión más profunda
y desarrollar su nuevo concepto, el niño
acomoda sus conocimientos nuevos a sus conocimientos
viejos. Según confirman muchos antecedentes
psicológicos, la fantasía del niño
es una de las condiciones más importantes
para la asimilación de la experiencia social
y los conocimientos.
Fantasía
y literatura infantil
La
actividad lúdica de los niños, como
la fantasía y la invención, es una
de las fuentes esenciales que le permite reafirmar
su identidad tanto de manera colectiva como individual.
La otra fuente esencial es el descubrimiento de
la literatura infantil, cuyos cuentos populares,
relatos de aventuras, rondas y poesías,
le ayudan a recrear y potenciar su fantasía.
La
literatura infantil, aparte de ser una auténtica
y alta creación poética, que representa
una parte importante de la expresión cultural
del lenguaje y el pensamiento, ayuda poderosamente
a la formación ética y estética
del niño, al ampliarle su incipiente sensibilidad
y abrirle las puertas de su fantasía.
Sin
embargo, así como la fantasía es
un poder positivo que estimula la creatividad humana,
es también un poder peligroso, sobre todo,
si a través de ella se exaltan valores que
rompen con las normas morales y éticas de
una sociedad determinada. Es decir, la fantasía
por la fantasía no es ninguna garantía
para que la literatura sea de por sí buena
y sus fines constructivos. La fantasía,
como cualquier otra facultad humana, puede ser
usada como un recurso negativo. Esto ocurre, por
ejemplo, cuando por medio de una obra literaria
se proyectan prejuicios sociales o raciales, con
el fin de lograr objetivos que son negativos para
la convivencia social y la formación de
la personalidad del niño.
Por
suerte, gracias a la acción de los mecanismos
de la imaginación, tanto el transmisor (autor)
como el receptor (lector), saben que el argumento
y los personajes de una obra literaria no siempre
corresponden a la realidad, sino a la fantasía
de su creador, quien, a diferencia de lo que sucede
en la vida concreta, determina con su imaginación
el destino de los personajes, el hilo argumental,
la trama y el desenlace de la obra. En este caso,
la fantasía del autor nos acerca a una nueva
realidad que, aun siendo ficticia, ha sido inventada
sobre la base de los elementos arrancados de la
realidad. En tal virtud, la fantasía no
sólo cumple una función invalorable
en la vida del escritor, sino también del
hombre de ciencia. La fantasía prueba las
posibilidades del pensamiento, encuentra nuevos
medios y realiza los proyectos que luego se modifican
con un pensamiento crítico. La fantasía
es una palanca que sirve para transformar una realidad
determinada y crear una obra que aún no
existe.
Si
bien es cierto que los cuentos populares han amamantado
durante siglos la fantasía de grandes y
chicos, es también cierto que ha llegado
la hora de plantearse la necesidad de forjar una
literatura específica para niños,
una literatura que desate el caudal de su imaginación
y se despliegue de lo simple a lo complejo; caso
contrario, ni el libro más bello del mundo
logrará despertar su interés, si
su lenguaje es abstracto, su sintaxis intrincada
y su contenido exento de fantasía. Escribir
para niños -y el premio Nóbel de
Literatura Beshevis Singer, escritor habitual para
los pequeños, lo afirmó- es mucho
más difícil que la creación
de un libro de éxito para el lector adulto.
Asimismo,
se debe partir del principio de que la imaginación
está estrechamente vinculada al pensamiento
y que el pensamiento mágico del niño
hace de él un poeta por excelencia. Por
lo tanto, toda obra que se le destine debe tener
un carácter imaginario, un lenguaje sencillo
y agradable, sin que por esto tenga que simplificarse
o trivializarse. A éste texto, depurado
de toda lisonja idiomática, moral y retórica,
se le debe añadir, en el mejor de los casos,
ilustraciones que le llamen la atención.
Sólo así se garantizará que
el niño encuentre en la obra literaria a
su mejor compañero.
Las
joyas literarias más codiciadas por los
niños son los cuentos fantásticos,
que narran historias donde los árboles bailan,
las piedras corren, los ríos cantan y las
montañas hablan. Los niños sienten
especial fascinación por los castillos encantados,
las voces misteriosas y las varitas mágicas.
El
cuento, género en el que es posible todo,
también ha despertado el talento y la creatividad
de muchos hombres célebres, y, para ilustrar
esta afirmación, valga recordar la anécdota
vertida por la bibliotecaria norteamericana Virginia
Haviland, en el XV Congreso Internacional del IBBY,
celebrado en Atenas en 1976: Un día, una
madre angustiada se dirige al padre de la Teoría
de la Relatividad para pedirle un consejo: ¿Qué debo
de leerle a mi hijo para que mejore sus facultades
matemáticas y sea un hombre de ciencia?
Cuentos, contestó Einstein. Muy bien, dijo
la madre. Pero, ¿Qué más?
Más cuentos, replicó Einstein. ¿Y
después de eso?, insistió la madre.
Aún más cuentos, acotó Einstein.
Los
poetas, sabios y niños, conocen los dones
que los cuentos populares otorgan a los humanos
para que éstos no pierdan el enlace con
el maravilloso mundo al que tuvieron acceso en
un tiempo remoto, y que aún siguen añorando.
Dimensión mágica a la que se refirió Alexander
Solzhenitsin en su discurso de agradecimiento por
el Premio Nóbel de Literatura, que se le
concedió en 1970: "Hay cosas que nos
llevan más allá del mundo de las
palabras; es como el espejito (diría también
Alicia mirándose en el espejo inventado
por Lewis Carrol) de los cuentos de hadas: se mira
uno en él y lo que ve no es uno mismo. Por
un instante vislumbramos lo inaccesible, por lo
que clama el alma".
Por último,
nadie sabe con certeza a qué edad, forma
o circunstancia aparece la imaginación en
el niño. Sin embargo, la aparición
de las imágenes de la fantasía, que
juegan un papel preponderante en su vida, es el
resultado de la actividad del cerebro humano, compuesto
de dos hemisferios que poseen numerosas circunvoluciones,
que ponen en funcionamiento tanto la imaginación
como otros procesos psíquicos.
Fantasía,
animismo y mentira
Por
la importancia que reviste la imaginación
en los niños, los psicólogos han
dividido la evolución de la fantasía
en etapas: la primera, consiste en el paso de la
imaginación pasiva a la imaginación
activa y creadora; la segunda, conocida con el
nombre de "animismo", es la etapa en
la cual el niño atribuye conciencia y voluntad
a los elementos inorgánicos y a los fenómenos
de la naturaleza. La fantasía del niño
tiene tanto poder que es capaz de dotarle vida
al objeto más insignificante. Por ejemplo,
los de edad preescolar, al margen de personificar
las funciones cotidianas de ciertos individuos
del conglomerado social, pueden también
personificar las letras del abecedario, decir que
la letra "a" es una señora gorda
y la "i" un caballo con sombrero. "La
fantasía infantil -explica el psicólogo
Lawrence A. Averill- no conoce frenos: acá acepta
el mundo tal como es. Allá lo rehúsa,
en otra parte lo transforma (...) En este mundo
que gira alrededor de la personalidad infantil,
las reglas son aburridas o superfluas, el orden,
el decoro, la consideración para los demás,
pensamientos secundarios de adultos". Y, agregando,
Cousinet dice: "El mundo en el cual vivimos
no es el mismo que él (el niño) conoce.
Los objetos no son los mismos, sino algo de ellos
mismos y de cualquier otra cosa. La muñeca
y también una pequeña niña;
la silla es una silla y también un coche,
un vagón de ferrocarril un vapor; el bastón
es también un bastón y un caballo,
el propio cuerpo de un cuerpo humano y en ocasiones
también el cuerpo de una bestia. La preferida
imaginación que el niño desliza en
sus juegos, no es más que una confusión
fácilmente observable (...) Una calabaza
es una carroza, un ogro es un león o un
ratón, una rata es un lacayo. Ulises es
un joven o un viejo, Minerva es una diosa y un
mortal. Proteo es todo lo que el niño quiere,
un gato habla como un hombre, botas mágicas
se adaptan a todos los pies. Es una transformación
perpetua. Nada es sino que lo parece ser y las
cosas sin fin y los seres pasan de un estado a
otro, sin que uno pueda asirse de nada, sin que
nada parezca estable, inmóvil, en este mundo
irreal hecho de luz y de sombra" (Cousinet,
R., 1911).
Una
vez superada la etapa del "animismo",
esencialmente vinculada a los objetos y al contexto
familiar, el niño ingresa a la tercera etapa,
en la cual imagina a personajes sobrenaturales
cuyas hazañas lo seducen y sugestionan. "Empieza
a darse cuenta de la complejidad del mundo con
el arribo a esta llamada edad de la imaginación,
que coincide con la entrada en la 'edad de la razón'
(...) En este momento su interés se vuelve
hacia los cuentos folklóricos primitivos,
llamados a veces en un sentido genérico,
cuentos de hadas, que los transportan al reino
de lo fabuloso" (Elizagaray, M-O., 1975, p.
30).
El
niño parece un hombre primitivo que, deslumbrado
por lo desconocido y maravilloso, cree que los
astros son seres fantásticos que dominan
sobre él y a quienes se les debe rendir
pleitesía, como lo hacían los Incas
al sol y la luna. Su imaginación galopante
crea personajes esotéricos, unas veces bellísimos
y otras horribles, de su temor surgen las hadas
y los duendes, que lo protegen y lo amenazan. Por
eso, los mitos y las leyendas son productos genuinos
de la expresión íntima del hombre
primitivo, y que en su forma más sencilla
encanta y sobrecoge al niño, en esta etapa
también primitiva de su vida. Además,
en este período entra en contacto con la
escuela, el maestro y la literatura, que lo conducen
de la mano por un mundo lleno de fantasía
y misterio, Como dice Claparède: "El
niño deforma la verdad y se gana el epíteto
de embustero, sin embargo no tiene intención
de engañar, sino que prolonga una comedia
de la cual él mismo es juego a medias" (Claparède,
E., 1916, p. 448).
Lo
cierto es que la fabulación del niño
no tiene nada que ver con la mitomanía del
adulto. Para el niño es normal trocar la
realidad en fantasía y la fantasía
en realidad; la mentira en el adulto, en cambio,
es una alteración de la verdad de manera
voluntaria y consciente. No obstante, desde la
más remota antigüedad hasta nuestros
días, muchos siguen considerando al niño
como un "homúnculo" (adulto en
miniatura) y siguen exigiendo de él un razonamiento
lógico, a pesar de que la psicología
evolutiva ha demostrado que el niño tiene
un dinamismo propio que lo diferencia del adulto.
Preceptivas
de la literatura infantil
En
la actualidad, contrariamente a lo que muchos se
imaginan, hay todavía quienes ponen en tela
de juicio la existencia de una literatura infantil,
como remontándonos a épocas pretéritas,
en las cuales se tenía el concepto de que
el niño era un adulto en miniatura, y que
los autores escribían para todos los hombres
-niños y adultos-, sin considerar la infancia
como un período especial en la vida del
individuo.
Sin
embargo, desde que el niño ha asumido el
lugar que le corresponde en el contexto social
y ha sido reconocido como tal, con derecho a ser
respetado y protegido, se han modificado las relaciones
padre-hijo, maestro-alumno, adulto-niño,
del mismo modo como se ha modificado el concepto
de que toda literatura válida para los adultos
lo era también para los niños.
Cuando
la psicología, pedagogía y lingüística
demostraron que el niño se diferencia del
adulto en muchos aspectos, los doctores de la literatura
no tuvieron otra alternativa que aceptar la idea
de crear una literatura infantil, que sustituya
a los mamotretos que los niños leían
en las recámaras y los centros educativos.
A
la pregunta: ¿Quién escribe o debe
escribir para los niños? La respuesta es
concreta: aquel escritor que tenga la sensibilidad
de acercarse al mundo infantil y sea capaz de interpretarlo
desde su interior como si fuese un niño
más, o como dice Alfonso Reyes, refiriéndose
a la poesía infantil: "Poesía
para niños no es ni puede ser una poesía
que meramente trata temas infantiles, sino una
poesía que sea limpia y sencillamente poesía
infantil; en la que no hay un adulto que canta
el mundo infantil, sino un poeta que mira el mundo
desde la propia alma del niño".
Para
que la literatura infantil guste y funcione como
tal es necesario que esté anclada en el
lenguaje infantil, y que el escritor que quiera
acercarse a los niños por el camino del
arte debe interiorizarse en el desarrollo idiomático
de éstos, con el fin de no incurrir en el
error de hacer una mala literatura a nombre de "literatura
infantil".
Si
se parte del criterio de que el pensamiento y lenguaje
del niño son diferentes a las del adulto,
entonces es lógico que el escritor tenga
que esforzarse por entender al niño, informándose
cómo éste interpreta y experimenta
su mundo cognoscitivo. Además, requiere
tener una honda sensibilidad, una predisposición
para aprender de los niños y una capacidad
para comprender que, lo que es cierto para el adulto
no lo es necesariamente para el niño.
El
secreto de un buen cuento o poema infantil estriba
en que el estilo y el argumento no falseen la realidad
del niño, sino en que la interpreten a partir
de sus pensamientos y sentimientos. No bastan las
buenas intenciones para ser escritor de libros
infantiles. "Es necesario aún -si queremos
realizar algo que merezca la noción categórica
de hecho literario- conocer en alguna medida elementos
de psicología infantil y pedagogía
-psicopedagogía- que nos permita el acceso
al mundo del niño con sus definidos niveles
de edad e intereses. Sólo así obtendremos
resultados de calidad" (Gonzáles L.,
W., 1983, p. 37).
A
pesar de estas premisas, los detractores de la
literatura infantil, dispuestos a desmerecer los
méritos de los libros contemporáneos
escritos para los niños, echan mano a los
clásicos de la literatura universal, a quienes
los presentan como a paradigmas de la gran literatura
de todos los tiempos, y olvidan que las obras que
en otras épocas se leían desde la
cuna hasta la tumba, en la actualidad han sido
destronadas por la ingente cantidad de obras escritas
exclusivamente para los niños.
Desde
mucho antes de que se inventaran la tinta y el
papel, los niños se apoderaron de los cuentos
sencillos de la tradición oral no sólo
porque les fascinaba su forma y contenido, que
eran como el haz y el envés de una hoja,
sino también como una forma de defenderse
de los adultos que los ignoraban como a personas,
con derecho a contar con una literatura accesible
a su nivel lingüístico e intelectual.
No es casual que recién a partir del siglo
XVII, cuando Charles Perrault y los hermanos Jacob
y Wihelm Grimm compilaron los cuentos de la tradición
oral, empezó a perfilarse la literatura
propiamente infantil. Antes de este acontecimiento,
todos los libros destinados a los niños
tenían un carácter didáctico
y de moralización, mediante los cuales transmitían
ideas elaboradas a imagen y semejanza de los adultos
y las clases dominantes. Empero, después
del siglo XVIII, esta literatura didáctica
y moralizadora perdió su influencia en virtud
de que las ideas sobre la infancia avanzaron paralelamente
al desarrollo de las relaciones sociales. El salto
del feudalismo al capitalismo fue un proceso fundamental
en provecho de la literatura infantil, puesto que
a medida que se transformaban las estructuras socioeconómicas,
se transformaban también los cánones
de la vida cultural y, por lo tanto, de la literatura
en general. Los escritores del romanticismo no
demoraron en sustituir la literatura que impartía
conocimientos académicos y normas ético-morales,
por una literatura fantástica y llena de
códigos fascinantes, que estimulaban el
desarrollo de la imaginación y la sensibilidad
infantil. Muchos de los cuentos de la tradición
oral fueron modificados y adaptados para los niños;
unas veces se adaptó el contenido -una suerte
de censura de la obra de creación-, considerando
lo que le interesaba al niño o lo qué éste
necesita saber; otras veces se adaptó la
forma, tomando como base el desarrollo cognoscitivo
del niño. Esto mismo ocurrió con
las obras de los clásicos de la literatura
universal, que no habiendo sido escritas exclusivamente
para los niños, fueron leídas por éstos
una vez mutiladas en su forma y contenido. Pues
de otro modo hubiese sido imposible que un niño
pueda leer el original de libros como "Robinsón
Crusoe" de Daniel Defoe, "Los viajes
de Gulliver" de Jonathan Swift o "El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha" de
Miguel de Cervantes, aunque éste, consciente
de que la primera parte de su novela alcanzó una
popularidad extraordinaria en su época,
escribió en la segunda parte la siguiente
afirmación: "Los niños la manosean,
los mozos la leen, los hombres la entienden y los
viejos la celebran; y, finalmente, está tan
trillada, tan leída y tan sabida de todo
género de gente, que, apenas han visto algún
rocín flaco, cuando dicen: 'Allí va
Rocinante'...".
En
el Siglo XX, en cambio, ni bien se comprendió que
la literatura forma parte de la vida del niño
desde temprana edad y es uno de los alimentos más
preciosos para su psique, son muchos ya los autores
que han escrito magníficas obras para los
niños; es más, en las bibliotecas
de Europa y Estados Unidos, los extensos anaqueles
de literatura infantil no sólo están
clasificados según el género, sino
también según la edad de los futuros
lectores. En algunos países, como en Suecia
y Alemania, el libro infantil ha adquirido la importancia
que se merece y ocupa un lugar imprescindible en
el proceso de la formación integral del
niño.
Editores,
psicólogos y pedagogos, coinciden en señalar
que la literatura infantil sea reconocida como
tal, y que los escritores que dedican su talento
a los niños dejen de ser considerados "escritores
mediocres o fracasados". Asimismo invitan
a los "grandes" autores a escribir libros
para niños y jóvenes, porque un buen
libro de literatura infantil puede ser también
una maravilla para los adultos, como lo son "Pipa
Calzaslargas" o "Platero y yo" para
los niños.
Es
ya hora de refutar la afirmación de que
toda literatura infantil es mala o fácil
de escribir, pues connotados autores han manifestado
su admiración y respeto por quienes se dedican
a crear obras para la infancia. Por ejemplo, cuando
una editorial le propuso a Julio Cortázar
escribir un libro infantil, éste contestó: "Con
mucho gusto lo haría, pero es demasiado
difícil para mí, porque a los niños
no se les puede engañar". Otra opinión
digna de citarse en este contexto es la vertida
por el Premio Nóbel de Literatura Isaac
Singer, quien manifestó: "Escribir
para niños es mucho más difícil
que escribir para adultos".
Un
grupo de hombres y mujeres de distintos países,
reunidos en Munich (1948), empezó a dar
la batalla para que la literatura infantil, aun
teniendo sus características distintivas,
sea considerada tan literatura con mayúsculas,
tan digna de reconocimiento cultural, como la dirigida
a los adultos. Gracias a esta iniciativa de por
sí trascendental, a partir de la década
del cincuenta, se han creado publicaciones especializadas
en literatura infantil y todos los medios de comunicación
han dedicado un espacio especial a los niños,
quienes constituyen los futuros lectores de la
gran literatura universal,
De
modo que, a estas alturas del desarrollo histórico
de la humanidad, no se debe confundir la verdadera
literatura infantil con los libros de texto o los
mamotretos que, en lugar de invitarles a los niños
a soñar a merced de su fantasía,
les invitan a dormir y a odiar la lectura, que,
además de constituir el mejor medio para
enriquecer el vocabulario, es la cuna del surgimiento
del goce literario; sirve para dotar al humano
de un instrumento de comunicación y estimular
la sensibilidad estética.
Sin
embargo, las instituciones escolares, aparte de
fomentar en sus aulas la concurrencia y el individualismo,
hacen de los alumnos pésimos lectores, debido
a que algunos maestros insisten machaconamente
en que la única literatura positiva para
el alumno es aquella que le proporciona conocimientos
científicos y normas de conducta moral,
aun sabiendo que: "Las obras literarias puramente
instructivas les disgustan; suelen ser rechazadas
y difícilmente cumplen su fin; cuando ello
sucede es bajo una tenaz presión. Los libros
educativos también suelen llevarnos fácilmente
al equívoco porque los niños perciben
de inmediato que las historias contadas en estos
libros no tienen ningún aire de realidad
y que quienes las recomiendan se guardan muy bien
de no leerlas nunca, porque ellas son fabricadas
especialmente para 'educarlos'. ¿Cuáles
son, entonces, las lecturas verdaderamente provechosas
para los niños? Sin duda las de distracción
y placer y aunque las anteriores se conservan para
la preparación de los niños, a las últimas
es necesario darles un lugar importante porque
son las que verdaderamente responden a las necesidades
del niño, y ejercen, o pueden ejercer, una
influencia muy feliz en el desarrollo de su psique" (Sosa,
J., 1944, p. 36).
Así,
aun siendo la enseñanza de la lectura y
la escritura inicial uno de los objetivos primordiales
del programa escolar, existen profesores que no
siguen los dictados del Ministerio de Educación,
en vista de que están convencidos de que
los niños tienen otras necesidades y otros
intereses ajenos a los planteamientos teóricos
del programa educativo, que, contrariamente a los
preceptos psico-pedagógicos, no contempla
la importancia de desarrollar la fantasía
del niño, quien, además que estar
interesado en aprender a leer y escribir, tiene
preferencia por las actividades lúdicas
y los cuentos infantiles. De ahí que algunos
maestros y maestras, siguiendo sus instintos de
educadores profesionales, desoyen los requerimientos
del programa escolar y se dedican a estimular la
fantasía de los niños, entre otros,
a través de la lectura de los cuentos infantiles.
Por
lo demás, ningún maestro, por muy
experimentado o excelente que fuese, está autorizado
a coartar la fantasía de los alumnos por
el simple capricho de hacer de sus lecciones una
cátedra destinada a impartir conocimientos
técnicos y científicos en detrimento
de las facultades creativas y emocionales del niño.
Si en una escuela se le hunde al alumno en un aprendizaje
mecánico y pasivo, se cometerá el
error -horror- de confundir al individuo con una
máquina computadora, en cuya memoria se
deben llenar los conocimientos y datos programados,
dejando de lado los preceptos de la pedagogía
moderna, que sostiene que el educando es -y debe
ser- un sujeto activo en el proceso educativo y
el artífice de su propio aprendizaje. Lo
peor es que, a una educación mecánica
y obsoleta, se le añade una "literatura
infantil" pueril y moralizadora, que el maestro
ha elegido para completar sus lecciones. Los niños,
en cambio, inconformes con esa literatura de tono
ejemplarmente aburrido, se defienden a su hábil
manera, saltándose capítulos, párrafos,
frases, palabras, hasta que acaban bostezando y
arrojando el libro por los aires, como muestra
de que no cualquier libro puede despertar el interés
del lector. En tal virtud, para que un libro infantil
guste de veras, debe contemplar el desarrollo integral
del niño y estar exenta de todo maniqueísmo
y sentido moralizador.
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