La
Fiesta
Relato aportado por
Marcela Orellana, quien realizó un Encuentro
sobre donde hablaron de esta propuesta y la compartieron
como una experiencia de integración.
Supongo que ustedes, como yo,
han asistido a cantidad de fiestas de muchos tipos,
fiestas de las que siempre
se guarda un grato recuerdo; aunque, con el paso
del tiempo, sólo quedan aquellas que han dejado
huellas y cuyo recuerdo prácticamente "te
hace vivir de nuevo" esos momentos que nunca
se olvidarán.
Es lo que me pasó con esa fiesta, inolvidable
para mí - y disculpen que hable en primera
persona, pero no encuentro otro modo de compartirles
esta experiencia-. Una fiesta que con sólo
mencionarla… me estremece.
Algo distinto pasó esa tarde. No era ninguna
fecha especial. El único motivo: estar juntos,
como muchas otras veces durante el año; yo
estaba de paso en aquella pequeña ciudad y
fui invitado.
Cuando llegué, la fiesta ya había
empezado. Afuera se oían risas y un ambiente
muy animado. Toqué y esperé. Parecía,
por el ruido, que competían dos equipos, y
el entusiasmo crecía. Mi primera impresión
fue cuando, al abrirse la puerta, me salió al
encuentro una muchacha joven con un disfunción
motora, que al mismo tiempo que abría la puerta
me tendía una mano "sin forma" para
estrechar la mía, y con palabras casi ininteligibles
pronunciadas con mucha dificultad, y algo que parecía
una linda sonrisa, me invitaba a pasar. Primero la
duda, después la certeza; todos los invitados,
unos veinte, con excepción de dos jóvenes
y yo, eran personas con discapacidad.
Tengo que confesarlo, hasta
ese día no había
tenido la oportunidad de convivir con personas con
discapacidad y esto explica que pareciera no comprender
lo que pasaba: gente con muletas, con sillas de ruedas
y bastones; paralíticas, hemipléjicas,
ciegas, con síndromes, etc. jugaban, reían,
gritaban y cantaban con toda naturalidad…;
opinaban y respondían a las preguntas que
hacía el organizador de la "competencia".
Y aquí la más grata impresión:
el sufrimiento, la angustia, la desesperanza, parecían
haber desaparecido de sus vidas. En esa fiesta sólo
reinaba la alegría de ser y estar juntos.
Lo que estaba sucediendo, paso
a paso, se grababa en mi alma como en una película de fotografía.
Al terminar el juego, comenzó la cena. A todos
nos sirvieron por igual. Cada quien comía
como podía; era sorprendente la disponibilidad
para ayudar a cenar al otro y dejarse ayudar, aunque
cayera la comida en la mesa, en el suelo o en la
misma ropa.
Continuó la fiesta. Cantamos e hicieron cantar
a todos (los que podían). Ya para terminar,
la mayoría ayudó a "recoger" y
a "limpiar". Yo seguía desconcertado
e impresionado, no salía de mi asombro. Sin
darme cuenta de cuánto tiempo había
transcurrido, llegó la hora de despedirnos
y se me ocurrió preguntar a la chica de la
puerta, -irreflexivamente, lo reconozco- cuáles
eran sus expectativas para el futuro. Me respondió: "Seguir
siendo la que soy". ¡Quedé mudo!
Y, sin quererlo, hice un gesto de admiración
y le pregunté si no le gustaría "estar
bien". Me miró, con una mirada que podría
calificar de compasión, y exclamó: "Así estoy
bien, ¡y si volviera a nacer, pediría
ser la misma que soy!". Me invadió una
sensación de vértigo ante la aceptación
personal, la reconciliación consigo misma,
con el propio entorno social, con Dios…
Era otoño. La fiesta había terminado.
El cielo despejado y el piso tapizado de hojas secas
parecían invitarme a comprender el "misterio" de
la discapacidad, con aquellas palabras de Mary, la
chica de la puerta, que parecían ser las de
un ángel que había venido a llevar
a cabo una misión que nadie en su lugar podía
cumplir, y que resonaban en mi interior como el murmullo
de una fuente de agua pura que invita a la contemplación
de un misterio, el de la aceptación personal: "¡Y
si volviera a nacer, pediría ser la misma
que soy.
P. Rogelio C. Alcántara
.
En Integración.
Curso para la Integración
Social Cristiana de Personas con Discapacidad.
Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C.
Ciudad de México, 2000.
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"Nadie más podría cumplir esta
tarea" (cuento)
Dios estaba en el cielo,
mirando cómo
actuaban los hombres en la Tierra; entre ellos
la desolación reinaba.
-Más de seis
mil millones de seres humanos son pocos para
alcanzar la magnificencia
divina del amor…
Suspiró el Señor.
El padre vio a tantos
hermanos en guerra, ricos y pobres apartados,
libres y esclavos distantes,
sanos y enfermos separados, que, un buen día,
llamó a un ejército de ángeles
y les dijo:
- ¿Ven a los seres humanos? ¡Necesitan
ayuda! ¡Tendrán que bajar ustedes
a la Tierra!
- ¿Nosotros?- preguntaron los ángeles
ilusionados, asustados y emocionados, pero llenos
de fe.
- Sí. ¡Ustedes son los indicados!
Nadie más podría cumplir esta tarea. ¡Escuchen!:
al hombre, lo hice a imagen y semejanza mía,
pero con talentos especiales para cada uno. Permití diferencias
entre ellos para que juntos formasen el reino.
Así lo planeé. Unos alcanzarían
riquezas para compartir con los pobres, otros gozarían
de buena salud para cuidar a los enfermos, unos
serían sabios y otros muy simples para procurar
entre ellos sentimientos de amor, admiración
y respeto. Los buenos tendrían que rezar
por los que actuaran como si fueran malos. El paciente
toleraría al neurótico: en fin, mis
planes deben cumplirse para que el hombre goce,
desde la Tierra, la felicidad eterna. Y para hacerlo, ¡ustedes
bajarán con ellos!
- ¿De qué se trata? - los ángeles
preguntaron inquietos-. Entonces, el Señor
explicó la misión:
- Como los hombres se
han olvidado de que los hice distintos para que
se complementasen unos
a otros y así formaran el cuerpo de mi Hijo
amado; como parece que no se dan cuenta de que
los quiero diferentes para lograr la perfección,
bajarán ustedes con notables distinciones.
Y dio a cada uno su tarea:
Tú tendrás memoria y concentración
de excelencia, y serás ciego.
Tú serás elocuente con tu
cuerpo y muy creativo para expresarte, y serás
sordomudo.
Tu tendrás pensamientos profundos,
escribirás libros, serás poeta, y
tendrás parálisis cerebral.
A ti te daré el don del amor y serás
una persona. Habrá muchos otros como tú en
toda la Tierra y no habrá distinción
de raza, porque tendrán la cara, los ojos,
las manos y el cuerpo como si fueran hermanos de
sangre: tendrás Síndrome de Down.
Tú serás muy bajo de estatura
y tu simpatía y sentido del humor llegarán
hasta el cielo y me llenarán de gozo: serás
persona pequeña.
Tú disfrutarás la creación
tal y como lo planeé para los hombres. Tendrás
discapacidad intelectual, y mientras otros se preocupan
por avances científicos y tecnológicos,
tu disfrutarás mirando una hormiga, una
flor. Serás feliz, muy feliz porque amarás
a todos por igual y no harás juicio de ningún
tipo.
Tú vivirás en la Tierra, pero
tu mente se mantendrá en el cielo; preferirás
escuchar mi voz a la de los hombres: serás
autista.
Tu serás hábil como ninguno,
te faltarán los brazos y harás todo
con las piernas y la boca.
Al último ángel
le dijo:
Tu serás genio; te quitaré las
alas un instante antes de llegar a la Tierra y
bajarás con la espalda ahuecada; los hombres
repararán tu cuerpo, pero tendrás
que ingeniártelas para triunfar. Tendrás
mielomeningocele, que significa: miel que vino
del cielo.
Los ángeles se sintieron felices con la distinción del
Señor, pero les causaba enorme pena tener que apartarse del cielo
para cumplir su misión.
¿Cuánto tiempo viviremos sin verte? ¿Cuánto tiempo
lejos de Ti?
No se preocupen, estaré con ustedes
todos los días de su vida en la Tierra.
Además esto durará sólo entre
sesenta y ochenta años terrenos.
Está bien, Padre, será como
dices. Ochenta años son un instante en el
reloj eterno. ¡Volveremos pronto! Dijeron
los ángeles al unísono y bajaron
a la Tierra emocionados.
Cada uno llegó al vientre de la que sería su madre. Ahí se
formaron durante seis, siete, ocho o nueve meses, según el caso.
Al nacer, todos fueron recibidos con profundo dolor, causaron miedo y
angustia. Algunos padres rehusaron la tarea; otros la asumieron enojados;
otros se echaron culpas hasta disolver su matrimonio y otros más
lloraron con amor y aceptaron su deber.
Sea cual sea el caso,
como los ángeles
saben su misión y sus virtudes son la fe,
la esperanza y la caridad, además de otras,
todas gobernadas por el amor, ellos han sabido
perdonar y además, con paciencia, pasan
la vida iluminando a todo aquel que los ha querido
amar.
Siguen bajando ángeles a la Tierra,
con espíritus "superiores" en
cuerpos limitados, y seguirán llegando mientras
haya humanidad en el planeta. Dios quiere que estén
entre nosotros para darnos la oportunidad de trabajar
por ellos, para aprender de ellos.
Y trabajar es servir, servir es vivir y
vivir es amar, porque la vida se nos dio para eso.
"El que no vive
para servir, no sirve para vivir"
En Integración.
Curso para la Integración
Social Cristiana de Personas con Discapacidad.
Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C.
Ciudad de México, 2000.
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