LA MADRE NATURALEZA Y SU FAMILIA
LA
MADRE NATURALEZA
Tomado de:
Cuentos y otros ensueños.
CLAUDIA PATRICIA
ARBELÁEZ HENAO
RIONEGRO-ANTIOQUIA
COLOMBIA
FOTOGRAFÍA
Imágenes exclusivas de la autora.
Departamento del Tolima
Colombia.
(NOTA: la autora no
es fotógrafa de profesión)
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La madre naturaleza era una señora muy divertida
y trabajadora, tenía un ramillete de hijas y a
todas las llamó María.
María de los campos llevaba siempre un vestido
verde con hojas multicolores. María de las estrellas
vestía un traje luminoso que daba visos en medio
de la oscuridad. María
de los cielos, prefería
lucir un vestido azul con una franja gris en la espalda
y María del sol no se quitaba de encima su vestido
amarillo, casi naranja.
María del mar, lucía un vestido verdeazul
que su madre había cosido con los hilos extraídos
de las profundidades del océano. María
de los bosques tenía un vestido marrón,
con encajes verdes, azules, rojos y violetas. María
de la luna llevaba un vestido blanco, que a su vez servía
de espejo para sus hermanas.
María de los vientos cargaba sobre sus hombros,
un velo blanco que danzaba con la premura del tiempo,
mientras trataba de escapar a las alturas. María
del río vestía un velo azul, tan profundo
y liviano como el que llevaba su hermana María
del mar. María de los trigales llevaba un traje
ocre y muy delgado que hacía cosquillas a quien
se acercaba. María del rocío acomodaba
su cintura en un velo transparente hecho con cristales,
adherido uno al otro con el mayor rigor.
María de las nieves llevaba un vestido blanco
y algo frío por fuera. María de los valles
lucía un vestido aceituna, con el que cubría
los colores del pasto en el verano. María de la
luz brillaba con su vestido hilado con luces y retazos
de claridad. María de la noche llevaba un vestido
negro, pero su sonrisa siempre resplandecía y
María de los manantiales se envolvía en
un vestido translúcido y ondeado un poco, así como
María de la lluvia, con quien compartía
sus diamantinos trajes.
La madre naturaleza
también tenía unos
maravillosos hijos:
El señor de los olivos, el
señor de los
cerezos, el señor de los rosales, el señor
de los naranjos, el señor de los arroyos, el señor
de los laureles, el señor de los océanos
y el señor de los trigales.
Como caballeros
muy amados en su reino, eran tratados con mucho respeto
y admiración. Además
eran cordiales y atentos, se preocupaban por la limpieza,
el orden y el cuidado de la tierra. Hablaban de una forma
extraña, aleteaban sus hojas, batían sus
aguas y sus olas, descolgaban sus frutos, abrían
sus flores y eso bastaba para comprender lo que sentían.
Estos seres no se preocupaban en realidad mucho por sus
trajes, como sí lo hacían sus hermanas.
Para la madre naturaleza
no era fácil poner de
acuerdo a estas hermosas niñas. Cada una hacía
lo que quería, unas de ellas se la pasaban bailando,
otras explorando arriba, abajo y en las profundidades
y las demás preferían jugar.
Los señores del reino trataban de ordenar la casa,
pero sus hermanas no tardaban en desordenar las cosas.
Algunas bajaban las estrellas y hacían columpios
entre ellas para descansar, las otras formaban grandes
remolinos y hacían volar todas las hojas de los árboles,
otras soplaban fuerte y revolvían los trajes.
Las demás multiplicaban sus aguas para bañar
la tierra. En fin, siempre buscaban algo nuevo qué hacer.
A veces, por ejemplo, María de las estrellas dejaba
sobre la alfombra brillos de todos los colores y María
de los vientos se llevaba con sus brazos los objetos
más livianos y los repartía a su modo por
todo el universo.
María del sol se posaba con sus cálidos
rayos sobre la mesa de comer y hacía enloquecer
a sus hermanos, que ardían de calor después
de llegar cansados de trabajar. María del rocío
y sus húmedas hermanas, dejaban caer gotas de
agua por todo el corredor.
María de los cielos y María de la noche,
que eran un poco más tranquilas trataban de ayudar
con el orden, pero era imposible que sus hermanas se
quedaran quietas tan sólo un momento. Así pasaban
los días y las noches y la madre naturaleza que
ya estaba cansada de criar tantos hijos, no encontraba
qué hacer.
Un día la agotada mamá pensó que
sería bueno cambiar de casa y adecuar un espacio
para cada una de las Marías, pero antes de tomar
cualquier decisión, habló con sus hijos.
Los señores del reino estuvieron de acuerdo con
un trasteo inmediato y comenzaron a buscar un buen lugar
por todos lados.
Después de visitar muchos poblados, cielos, valles,
campos y mares, la madre naturaleza y sus hijos encontraron
una tierra inmensa. Había una habitación
para cada hija, los señores del reino por su parte
no tenían reparos en compartir los cuartos, así que
comenzaron a distribuir los espacios de la casa. Al principio
fue fácil, la primera noche cada hija durmió en
el cuarto correspondiente pero pasados unos días,
estaban de nuevo revoloteando por todas partes.
La madre naturaleza
comprendía que sus hijas
eran muy consentidas y muy llevadas de su parecer, pero
también sabía que con un poco de cariño
les enseñaría a vivir en comunidad, así que
comenzó esta nueva tarea y aseguraba que pronto
construiría un reino en paz y armonía.
Las
niñas se querían mucho entre sí,
amaban a sus hermanos y a su madre, así que se
empeñaron en cambiar con los consejos que se impartían
en casa, entonces fueron más ordenadas, compartían
los cuartos, intercambiaban a veces sus vestidos, tejían
juntas, salían a jugar, lavaban, planchaban y
ayudaban con las labores de la naturaleza, para que su
mamá pudiera descansar.
Los señores y las Marías trabajaron por
la protección del reino, crecieron todos juntos
y aprendieron las cosas de la vida adulta. Ayudaban a
la tierra en sus quehaceres diarios, bañaban de
luces el infinito, producían olores y ofrecían
sabores a los espacios y los lugares más recónditos
del planeta. Se daban la mano los unos a los otros, jugaban
y al final del día, bebían refrescantes
y apetitosos jugos de frutas, luego descansaban.
Un día, cuando la familia naturaleza se encontraba
alrededor de la mesa, a la hora de la cena, la madre
de aquel ramillete de hijos e hijas, habló de
esta manera:
—El artista que nos ha dado vida está muy
orgulloso de esta familia y me lo ha dicho, por eso quiere
perpetuarnos en el tiempo e incorporarnos a la tierra
y al universo entero por siempre. Él cree que
si nos quedamos eternamente en el mundo, podremos enseñar
muchas cosas a otros seres.
A demás piensa que con nuestros colores y matices
llenaremos de vida los paisajes oscuros, los niños
podrán salir y acariciar nuestras hojas y tallos,
se bañarán en nuestras aguas y beberán
de ellas; los adultos podrán recostar sus cuerpos
sobre los nuestros y todos juntos aprenderán el
verdadero sentido de las cosas y las manos de Dios.
Los hijos y las
hijas de la madre naturaleza que escuchaban atentos,
no se rehusaron y desde aquel día se
incorporaron a la tierra con todo el amor y la alegría
que les proporcionaba ser eternos y servir a la humanidad,
pero antes hicieron la gran fiesta, se multiplicaron
como por arte de magia, se explayaron en el tiempo y
se repartieron por todo el universo. Desde entonces conviven
con nosotros y hacen posibles nuestros sueños.
Siempre que vamos al campo, al
mar, a los bosques y a los huertos caseros, tenemos la
oportunidad de hablar
con la madre naturaleza y sus pequeños. Cada
vez que dañamos una planta, un árbol
o una flor, estamos hiriendo el corazón de los
señores del reino. Cuando cuidamos un arroyo,
un limonar, un río, una fuente de agua, un trébol,
un laurel o un trigal, estamos consintiendo a los seres
de la naturaleza, revestidos de colores y portadores
de almas e ilusiones.
Yendo
al campo y escuchando el movimiento de las hojas, el
sonido de
las aguas y el batir de las ramas, podemos
entablar una conversación con los seres más
nobles y bondadosos del universo, ellos lo dan todo sin
reservas.
Si
al visitar la playa, escuchas la suave voz del mar,
no temas, es
el llamado profundo de la madre naturaleza
que te quiere saludar. El viento será tu amigo,
las palmeras danzarán para ti, la luna te visitará en
las noches, el sol abrirá la mañana para
que despiertes y el cielo siempre te prestará su
manto para que sueñes. Ahora los seres de la naturaleza
tienen corazón y hacen parte de ti.
¿Ves cómo los árboles nos dan sus
frutos, el agua se sirve en ríos y lagunas y el
cielo nos cobija con su manto?
Ahora que has conocido esta parte de la historia, también
sabrás cómo incorporarte y no morir jamás.