LUCERO DE LA NOCHE
TOMADO
DE CUENTOS Y OTROS ENSUEÑOS
CLAUDIA PATRICIA
ARBELÁEZ HENAO
RIONEGRO-ANTIOQUIA
COLOMBIA
FOTOGRAFÍA
Imágenes exclusivas de la autora.
Departamento del Tolima
Colombia.
(NOTA: la autora no
es fotógrafa
de profesión)
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Hace muchos años vivió un
joven emperador llamado Lucero de la Noche, al cual se
le veía caminando por los jardines de su reino,
con la cara triste y muy silencioso.
Cuenta la historia
que el emperador gozaba de tanta admiración y respeto, que casi nadie le hablaba
para no interrumpir sus horas de reposo, sus pensamientos
y sus labores contemplativas. Los niños no se
le acercaban y las mujeres no lo podían mirar
a los ojos, para no cautivar su apreciable corazón,
pues se decía que un hombre enamorado no podía
gobernar.
Lucero de la Noche tenía muchas comodidades,
pero se sentía solo y se aburría con frecuencia
al no tener con quien jugar y hablar.
Un día hubo una gran fiesta en el reino y aprovechando
la alegría de todos sus habitantes, ofreció los
barriles de vino que tenía guardados para una
fecha muy especial. Todos bebieron hasta saciarse aquella
noche y apenas pudo escapar, el emperador salió huyendo
de su pueblo.
El joven fugitivo
logró internarse entre la maleza
y caminando pudo llegar hasta la cumbre de una montaña
donde pasó la noche. A pesar del frío y
la soledad que le proporcionaba aquel lugar, el emperador
no estaba triste, a decir verdad, ahora estaba más
acompañado que antes, sentía la presencia
de los árboles, los seres de la noche y el susurro
del viento y lo más importante, era un hombre
libre.
Así pasó hasta el amanecer. Los búhos
se acercaban con cuidado, los lobos aullaban a lo lejos
y las hojas parecían hablar. Lucero de la Noche
no hizo más que pensar y pensar y pensar sobre
la suerte que correría su reino sin él,
pero en el fondo de su corazón, había tranquilidad
y descanso, además confiaba en la labor de sus
súbditos y guerreros en el oficio real.
A la mañana siguiente y después de mucho
caminar, el emperador llegó a una aldea que se
encontraba muy escondida y allí nadie sabía
de él. Allí construyó su propia
casa, pero esta vez ayudado por los pinos, quienes prestaban
generosamente sus fuertes ramas, para que los hombres
pudieran habitar.
Lucero de la Noche
se sentía un poco inseguro
a veces, pero nunca pensó en volver, no cambiaría
su libertad por todas las joyas del mundo, de otro lado,
había heredado de sus antepasados conocimientos
milenarios acerca de las plantas medicinales, hierbas
aromáticas, frutas y alimentos, que era precisamente
lo que ahora le ofrecía la naturaleza.
En pocos días, El joven conoció a una
humilde anciana de la aldea, quien ignoraba por completo
quién era el nuevo habitante, sin embargo se presentó como
lo hubiera hecho con cualquier ser que apareciera, como
símbolo de cortesía y hospitalidad y viendo
que no tenía nada, le regaló unas sábanas
para que se protegiera del frío, pues solo había
podido llevar consigo, una canasta con un poco de alimento
y dos túnicas blancas.
Los días en la aldea se hicieron cada vez más
familiares para Lucero de la Noche, quien jugaba con
los niños, subía a los árboles y
por las noches, contaba cuentos e historias de emperadores
y reinos. Así hablaba:
—Erase una vez un emperador que vivía triste
y solo en su reino, porque no tenía amigos y no
podía caminar descalzo por el suelo. El gobernante
comía en grandes bandejas de plata y oro, las
copas estaban siempre rebosantes de vino y los súbditos
obedecían a sus mandatos.
Los niños
escuchaban sin decir nada.
—Mañana les contaré más
sobre el triste emperador.
— agregaba.
Una tarde, la anciana
amiga de Lucero de la Noche se enfermó y envió a su hija menor a la casa
del nuevo aldeano, como le decían, porque nadie
sabía su nombre. La muchacha le llevó una
canasta de vegetales y un frasco de miel. Cuando llegó,
Lucero de la noche estaba
regando las flores del pequeño
jardín.
—Disculpe señor, espero no interrumpir. —dijo.
—
No tenga cuidado, sólo estoy regando las flores.
— dijo.
Cuando el joven
emperador miró a la enviada,
quedó prendado de su belleza, pero conservando
la distancia y el pudor, no hizo más que inclinarse
ante ella y recibir la preciada canasta.
—Mi madre no pudo venir, está un poco enferma,
pero vendrá mañana como de costumbre. —agregó la
joven.
—
Quiero acompañarla y ver a su señora madre,
tal vez yo pueda hacer algo por ella. —advirtió Lucero
de la noche.
—
Está bien. Vamos.
Y se fueron caminando
los dos, esta vez el gobernante seguía los pasos de la aldeana, rumbo a su casa.
Caminaron varios minutos, mientras descubrían
a cada paso el agua helada y los juegos de los niños
y los pequeños animales del bosque.
Sabemos que nuestro
emperador gozaba de una vida llena de privilegios y
bienaventuranzas y aunque en el reino
entero se hablaba de su ausencia, la historia no alcanzaba
aquella aldea lejana. Muchos pensaban que había
sido devorado por la noche y sus peligros.
Había que ver la cara de este hombre, para comprender
la felicidad que alcanzaba al lado de las aves, la lluvia
refrescante, el olor del pino, la compañía
de los niños y los demás aldeanos.
Aquella vez Lucero
de la Noche llegó a la casa
de la anciana y estuvo con ella un largo rato. Le proporcionó algunas
plantas curativas e impuso sus manos en el vientre de
la enferma, hasta aliviar su dolor.
La
noticia recorrió toda la aldea y el joven,
comenzó a curar las enfermedades de algunos ancianos
que iban a pedir su sanación. Se convertía
de pronto, en un hombre de poderes para los habitantes.
Todos recurrían a él y en forma de pago
y contra la voluntad de Lucero de la Noche, le daban
túnicas, objetos curiosos, telas, frutos exóticos
y joyas de gran valor.
Así, la noticia de un curandero corrió pronto
por las demás aldeas, hasta que comenzó a
llegar gente de todas partes, situación que le
preocupó mucho al emperador, pues temía
ser descubierto. Entonces mandó llamar a la anciana
y le pidió ayuda.
—Necesito que me ocultes en tu casa. Todos deben
pensar que soy preso de una terrible enfermedad y no
puedo acudir al socorro de los enfermos que vienen a
visitarme. —dijo un poco asustado.
—
No comprendo buen hombre por qué quiere ocultarse,
pero la gente de nuestra aldea y las aldeas vecinas,
han depositado en usted, toda la confianza. —apuntó la
anciana.
—
Me ayudarás, mujer, me hablarás del dolor
de los enfermos y yo te diré qué hacer.
Tú estarás en mi lugar.
—
Dígame, señor, qué pasa y lo ayudaré.
—
No puedes saberlo todo, confía una vez más
en mí.
—
suplicó de nuevo.
Por más que la anciana intentó conocer
las razones del joven para ocultarse, no lo logró,
de cualquier forma prometió ayudarle con una condición.
—Le ayudaré señor, porque creo en
usted y algo me dice que debo enaltecer sus acciones,
pero a cambio deberá casarse con mi hija Brisa. —dijo.
—¿
Qué dices? ¿Casarme yo con tu hija? —preguntó asustado.
—
Soy una mujer vieja y pronto moriré, no quiero
que mi hija se vea desamparada y sola. —agregó la
anciana.
Lucero de la Noche
se inclinó y le besó los
pies, estaba muy feliz, pues eso era lo que había
deseado desde el momento mismo en que había conocido
a la joven, nunca nadie lo había mirado a los
ojos de tal manera y estaba profundamente enamorado.
La joven muchacha
se sonrojó, estaba igualmente
enamorada de Lucero
de la Noche, aceptó las razones de su madre y
por supuesto, las de su corazón.
Esa misma noche los dos jóvenes se casaron y el
emperador, reveló por primera vez, su nombre.
Después de la íntima ceremonia, el recién
casado se tumbó en una estera, se pintó la
cara y tomó unas hierbas que lo hicieron sudar. Así que los visitantes tenían que resignarse
con las atenciones de la anciana después de escuchar
la historia de la enfermedad que aquejaba al sanador
o como algunos lo llamaban.
Muchos incrédulos quisieron ver al curandero
y al verlo tan mal, lo contaron a todos los aldeanos
y pronto, comenzó a recibir ofrendas, flores y
regalos.
Pasados algunos
días, un extraño que se
paseaba por allí, tocó a la puerta y pidió a
Brisa, que lo dejara pasar, pues quería conocer
al hombre que curaba; según él ya la historia
había tocado las puertas de su pueblo, y aseguraba
que bastaría sólo una mirada para sentir
alivio en su cuerpo, pero Brisa no lo pudo detener y
entró hasta donde reposaba el emperador. Cuando éste
lo vio, se tapó un poco la cara y se retorció en
el piso, con el ánimo de ahuyentarlo. Lucero de
la Noche había descubierto que el visitante era
uno de sus ministros en el reino.
Al salir un poco
conmovido, este hombre no pudo quitarse de la mente
el rostro de aquel curandero que se revolcaba
en el suelo y tomó su camino de regreso, pero
con una gran duda. Sabía que sólo su emperador
tenía manos prodigiosas en todo el reino y sólo él
conocía el poder de las plantas con tanta precisión,
era por eso que había ido en su búsqueda,
con la esperanza de encontrarlo.
La situación que había vivido nuestro
emperador, lo llevó a tomar una decisión,
contar toda la verdad a las mujeres. Estas quedaron muy
sorprendidas con aquella revelación y en lugar
de enojarse, dieron gracias por haber confiado en ellas.
Así que se inclinaron e intentaron besar sus pies,
como se acostumbraba con un gobernante, pero éste
lo impidió.
—Señor —desde ahora seré su
esclava, ordéneme lo que a bien tenga, le serviré hasta
el fin. —dijo su esposa.
—
Levántate, mujer, eres mi esposa y como mi señora
te he aceptado. No tienes que arrodillarte ante mí y
no quiero una esclava, te quiero como lo que eres ahora. —dijo
Lucero de la Noche.
Desde aquel momento,
los cuidados fueron mayores y por nada del mundo, dejaban
ver al emperador, pero con el
tiempo esta situación se tornó poco llevadera.
Los habitantes de la aldea comenzaron a despreciarlo
y a dudar de la temible enfermedad.
Entre tanto, el
extraño hombre que había
pasado por aquel lugar días antes, recordó por
fin la imagen de su señor y supo que la mirada
que tanto lo inquietaba era la suya, así que decidió volver
a la aldea en su búsqueda. Este hombre había
sido siempre su servidor y más que eso, un amigo
fiel del emperador, pero él no lo sabía.
El servidor empacó sus maletas y sin decir nada
a nadie, reinició su viaje. Tuvo que caminar mucho
para llegar nuevamente a la aldea, pero cuán grande
fue su sorpresa, al no encontrar ni rastros de su señor.
Lucero
de la Noche y su nueva familia habían
salido huyendo una noche del desprecio de la gente que
no creía en su enfermedad. Ellos no comprenderían
jamás las razones de su actuación, pero
no lo hacía por desprecio ni orgullo, sino por
el temor de volver al reino.
Las situaciones
parecían empeorar cada vez más.
Los tres viajeros comenzaron a enfermar y se vieron obligados
a pedir posada, pero nadie se atrevía a socorrer
a tres personas totalmente extrañas. La anciana
se estaba debilitando y la joven mujer estaba muy triste
de ver a su madre llena de dolor. Las fuerzas de Lucero
de la noche eran pocas y su salud, tampoco le permitía
hacer nada a favor de los suyos. Por su parte hubiera
preparado algunas pócimas medicinales, de no ser
por la desconfianza de los campesinos, quienes le negaban
frutos y plantas.

El viajero que venía siguiendo el rastro del emperador,
logró alcanzarlos en medio de la noche, guiado
por las palabras de los aldeanos. Aguardó con
prudencia el momento para aparecer frente a ellos, esperó también
a que tomaran un poco de agua del pozo y descansaran.
El servidor del
emperador tapó su cara, se acercó hasta
la piedra donde estaban sentados y les ofreció un
poco de pan, el cual recibieron muy agradecidos.
—¿Quién eres tú y por qué nos
ofreces pan? —preguntó el emperador. Supongo
que no eres de este lugar porque aquí todos nos
han despreciado.
—Soy yo, Sereno, su fiel y callado servidor. ¿No me reconoce? —dijo
el hombre.
Brisa miró a su esposo, la anciana se puso de pie y Lucero de la Noche,
se acercó un poco más para mirarlo con su lámpara. Sereno
se descubrió la cara y cuando vio de quién se trataba, el debilitado
emperador lo abrazó y en medio de lágrimas se saludaron.
El servidor le
contó a la nueva familia las
tristezas del reino y todo lo que estaba sucediendo. —Mi
señor, ya no es lo mismo. Todos están muy
tristes por su ausencia y claman por su regreso.
—Volveremos, volveremos. —dijo
Lucero de la Noche.
Cuando ya estuvieron
más tranquilos, el servidor
entregó a su señor, algunas túnicas
limpias y un poco de miel, pan y vino, para reanimarlos.
Juntos hablaron del regreso. Aquella noche la pasaron
tumbados en la hierba, esperando que aclarara el día.
Cuando el sol desplegó sus rayos, los viajeros
caminaron a paso largo y tras un corto camino, llegaron
a una posada donde esperaban los cuatro caballos que
Sereno había dejado listos para el regreso. Montaron
los animales y pudieron llegar pronto al reino.
El servidor se
encargó de guardarlos en una
casa, antes de contar lo sucedido. Fue entonces como
el emperador se presentó después a la corte,
se arrodilló y pidió perdón a su
pueblo. Los habitantes lloraron y se inclinaron ante
su señor y presentando disculpas por su comportamiento
egoísta, le aplaudieron. El pueblo entero se postró ante
la nueva esposa del emperador y su señora madre,
con la que mostraron preferencias y cuidados. Aquella
noche sonaron las trompetas, se abrieron las grandes
puertas que rodeaban el lugar y hubo vino para todos.
Desde entonces
el reino renació, sus jardines
tomaron nuevos colores y con el corazón amoroso,
celebraron con juegos y cantos el regreso del joven gobernante.
(Cuenta
la historia, que pasados unos años Brisa
y Lucero de la Noche, tuvieron unos hermosos hijos que
poblaron de caricias y belleza el restaurado reino).