JOEL
FRANZ ROSELL (Cruces, Cuba, 1954). Licenciado en Lengua
y Literatura Hispánicas, ha trabajado como animador
literario, como profesor y periodista. Tras dejar La
Habana en 1989 ha residido Río de Janeiro, Copenhague,
París y Buenos Aires. Actualmente reside nuevamente
en la capital francesa.
Sus libros infantiles han sido publicados en Cuba, Brasil,
España, Francia, Argentina, México, Portugal
y otros países. Entre otros títulos ha
publicado: Los cuentos del mago y el mago del cuento
El pájaro libro, Javi y los leones, Pájaros
en la cabeza, Don Agapito el apenado y La bruja Pelandruja
está malucha (cuentos) y las novelas Aventuras
de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes;
Vuela, Ertico, vuela; La tremenda bruja de La Habana
Vieja, Mi tesoro te espera en Cuba, La leyenda de taita
Osongo y Exploradores en el lago. Como ilustrador ha
publicado tres libros, pero solo uno de ellos en castellano:
La canción del castillo de arena. Ha difundido
más de 150 artículos y ensayos en publicaciones
de tres continentes y el libro La literatura infantil:
un oficio de centauros y sirenas.
Sus obra ha sido distinguida con varios premios internacionales
y traducida al francés, al portugués, el
gallego, el vasco, el coreano y el inglés.
Más sobre Joel Franz Rosell y su trabajo en:
http://elpajarolibro.blogspot.com
EL CUENTO DE MIS CUENTOS
Había
una vez yo mismo, pero a los diez años. Me
pasaba las clases de Matemáticas dibujando
las aventuras de un personaje que había inventado
deformando una "d" mayúscula (probablemente
la de "Deberes"). Mi héroe se llamaba "Superpecho" y
corría formidables aventuras mientras yo me
aburría con los números quebrados,
que era lo que en aquellos tiempos y en mi país
lejano se estudiaba en quinto grado.
"Superpecho" era un tipo fuerte, afortunado y muy inteligente.
Sin dudas más afortunado e inteligente que yo, que absorto en la invención
de sus hazañas acabé desaprobando los exámenes finales.
No pude perdonarle a "Superpecho" esta derrota (él no era
otro que mi segunda, secreta y supuestamente todopoderosa identidad). Fue así como
dejé de dibujar aventuras, aunque no de contarlas (como tampoco dejé de
desaprobar exámenes de Matemáticas, dicho sea entre nosotros).
A los once años era yo un inspirado narrador oral. Todo mi público
era mi hermana menor, y mis personajes cuatro muñecos que ella tenía:
un conejo, un osito, un elefante y otro animal que no recuerdo, todos vestidos
de satén, como mandarines (eran Made in China), y con las cabezas de
tela felpuda rellenas de serrín. El protagonista de mis relatos era
el elefante, que había perdido las orejas (creo que las lavé y,
una vez en la tendedera, alguien debe haberlas confundido con borlas para el
talco). Lo bautizamos con el nombre idiota de Campito Boticas porque usurpaba
las botas de otro muñeco, mucho mejor vestido, que nos gustaba menos
(o acaso lo calzamos así en compensación por la pérdida
de sus orejas).
Por entonces ocurrió el acontecimiento más importante de mi vida
(de mi vida literaria al menos): el descubrimiento de los libros.
Debo aclarar que en aquella época Cuba era un país con pocas
librerías y bibliotecas, un país casi sin libros para niños.
En mi ciudad, aunque era la tercera o cuarta del país, había
una sola biblioteca juvenil. En ella descubrí algo muy distinto de los
pocos libros rusos, chinos y cubanos, más bien feos y poco interesantes,
que yo había tenido hasta entonces...
Me deslumbraron aquellos libros -casi todos impresos en España- con
cubiertas plastificadas y policromas, con abundantes ilustraciones y, sobre
todo, repletos de aventuras, sueños y viajes: eran los álbumes
de Tintín el trotamundos, las noveletas de niños detectives de
Enid Blyton, las formidables aventuras de Julio Verne, cuentos de hadas de
Europa y Asia, y novelas contemporáneas -suecas, inglesas, alemanas-
que ponían el universo entre mis dedos.
Pero año y medio después me trasladaron a un colegio demasiado
distante de la biblioteca para poder ir siempre que me hacía falta.
No pude resistir mi soledad y me escribí yo mismo un libro. Y luego
otro y otro... hasta producir, en cinco años, más de cincuenta
novelas de aventuras.
A veces mi hermana me decía "No tengo nada que leer, escríbeme
un libro". Yo lo escribía en dos días y ella lo despachaba
en dos horas. Su veredicto era siempre el mismo: "Estaba muy bueno; escríbeme
otro". Y yo obedecía encantado.
Escribí más de lo que leí y mucho más que lo que
había vivido. El resultado no podía ser bueno... y no lo fue.
Unos diez años después de aquellas "novelas de juventud",
publiqué mi primer libro: El secreto del colmillo colgante. Era de nuevo
una novela, detectivesca, y la protagonizaban personajes que había creado,
en lo esencial, a los 13 años. Estos personajes me acompañaron
a transitar el período de ilusiones, lecciones y fracasos pasado en
los talleres literarios hasta que, en 1979, al fin obtuve un premio nacional
por un cuento que me alejaba de las insustanciales narraciones que había
cultivado hasta entonces. El cuento premiado, junto a otros cinco, se convirtió en
mi segundo libro: De los primeros lejanos tiempos la lechuza me contó.
Siendo
todavía un manuscrito, esos cuentos se los
presenté a José Soler Puig. Con su
paradigmática franqueza, el notable novelista
cubano me dijo: "Mira, esos cuentos están
bien escritos, pero... ¿dónde estás
tú en ellos?"
Soler tenía razón: yo, como otros muchos escritores para niños,
desarrollaba una escritura sin ninguna subjetividad y sin verdadera originalidad;
una especie de literatura al servicio del niño que acaba siendo -aún
cuando no lo parece- didáctica y opresiva. Precisamente en los días
en que aparecieron las fábulas ecológico-éticas de De
los primeros lejanos tiempos la lechuza me contó, comenzaba yo a a responder(me)
aquella incisiva pregunta de Soler Puig... que todavía me parece estar
escuchando en su voz profunda y viendo en sus ojos prenetrantes.
En
1986 realicé mi primer viaje al extranjero
me llevó a Ecuador, cuyo universo andino y
su sociedad desgarrada me sacudieron fuertemente.
Al regreso escribí un cuento en que por primera
vez dejaba de hacer "literatura para niños" para
hacer literatura infantil; es decir, en lugar de
utilizar al niño como destinatario para limitar
la extensión e intención de un discurso,
basarse en la peculiar manera de mirar, entender
y expresar el mundo que son propias del niño
para construir un universo expresivo y cognocitivo
estéticamente original.
En
1989 me casé con una ciudadana francesa y
nos fuimos a Brasil, donde ella trabajaba. Mi tercer
libro se publicó inicialmente en portugués,
en 1991, pero solo tuvo su edición definitiva,
en castellano, en 1995: Los cuentos del mago y el
mago del cuento. Con éste y con mis libros
siguientes me fui comprometiendo con una escritura
donde se mezclan lo real y lo mágico, donde
se funden el discurso infantil y adulto, y donde
la prosa narrativa aprovecha recursos poéticos,
juegos de palabras, metalenguaje, intertextualidades,
humor e ironía.
Después
de Brasil, el trabajo de mi esposa nos llevó a
Dinamarca, Francia y, en abril de 2000, a la Argentina.
Todos estos países han dejado huellas en mi
escritura, aunque nunca haya escrito un texto que
los mencione explícitamente. Mis escenarios
no localizados me permiten abordar temas universales
y/o de modo universal, como en Vuela, Ertico, vuela,
mientras que los ambientados en Cuba son libros que,
sin dirigirse necesariamente al lector de la isla,
arrojan luz sobre esa pequeña porción
del universo. Quizá la mejor prueba de que
libros como Mi tesoro te espera en Cuba y La tremenda
bruja de La Habana Vieja pueden interesar a lectores
de cualquier nacionalidad es que ambos fueron publicados
en Francia antes de conocer su edición en
castellano.
Probablemente
mi experiencia argentina sea diferente. Los dos primeros
libros que he publicado en este país son de
un tipo nuevo para mí: La Nube es un álbum
ilustrado destinado a chicos muy pequeños
que leerán tanto mis palabras como las imágenes
de Juan Deleau. Por su parte, La literatura infantil:
un oficio de centauros y sirenas, reúne catorce
de los más de cien ensayos y artículos
sobre literatura infantil que he publicado desde
1974 en diversos países. La comunidad de lengua
y ciertos rasgos de historia y cultura compartidos,
me hacen más cercana la Argentina que cualquier
otro país a donde haya viajado. Por eso no
me extrañaría que materialice algún
proyecto alimentado directamente por la realidad
argentina y expresando formas de propias a la argentinidad. |